
Hasta el 2 de abril está en exposición la muestra “Pérez Vega en Vendimia, la continuidad de un artista”. La propuesta repasa la relación del artista Ángel Pérez Vega con la Vendimia, a través de una serie de obras realizadas por el pintor y por una serie de colegas que plasmaron sus propias obras en soportes que Pérez Vega dejó.
Aspectos pictóricos de la obra del Maestro
Ángel Pérez Vega, como artista plástico, perteneció a lo que en Mendoza se llamó “la Generación del ‘25”. Entre ellos estaban Roberto Azzoni, Fidel de Lucía, Antonio Bravo, Roberto Cascarini y Pérez Vega. Todos ellos se constituyen en verdaderos maestros de arte, trascendiendo ampliamente los límites de Cuyo.
En 1947 este grupo realizó una exposición, rubricando su valía local, con la presencia de invitados especiales tales como Juan Carlos Castagnino, Antonio Berni, Demetrio Urruchua, y Miguel Carlos Vitorica. Estos ya tenían fama nacional en lo que hace a lo pictórico y se sumaron a los nóbeles visionando su talento. Los invitados de honor ya habían comprendido, valorado y admirado a sus colegas mendocinos, a los que refrendaron con su presencia.
Pérez Vega siempre tuvo un espíritu inquieto, la búsqueda de la originalidad se transformo en un potente motor. Tres son sus vertientes bien definidas, cada una con un contenido y un concepto propio:
La primera, Vendimia, la cosecha del fruto mendocino, su factor humano y todo el hacer laboral y emocional de nuestra actividad madre: la vitivinicultura.
La segunda, se centra en los tipos humanos de raíz mestiza que configuraron nuestro Mundo Cuyano.
Y la tercera es la que rescata los valores artísticos y estéticos, propios de los pueblos aborígenes y él lo define como Arte Americano Precolombino.
Tenaz, apasionado, vibrante y sensible son aspectos de su personalidad, plasmados en sus telas.
El vigor, la luz, el color, la textura definen estos lienzos. Composiciones únicas, diferentes en cada obra lo tornan exquisitamente original.
Usó todos los materiales disponibles: óleo, acuarela, lápiz, tinta china, pastel, sepia, carbón, acrílico, mixtas con agregado de arena y yeso, dando muestra de su ductilidad en el manejo de las técnicas y las mixturas.
Sus lineamientos pictóricos van desde el impresionismo, al expresionismo figurativo pasando por el cubismo, y el fauvismo.
Siempre, en sus vendimias, desde 1943, estuvieron presentes los cerros El Plata y El Tupungato, y este dato ubica geográficamente a su obra como vendimia de Mendoza, tornándose en un valor iconográfico, arquetípico y patrimonial.
Sus críticos han dicho: “Cada etapa tuvo su encanto. Hay una etapa de vendimias oscuras, casi negras, caracterizadas por su profundidad, con el uso de colores bajos propios de la pericia de un Maestro. Otra etapa es más azul, tanto la vid, como el cielo y la montaña. Esto ocurre en los años 60, entre los años 70 y 80 se transforman en vendimias muy verdes, el vergel mendocino. Constantemente en búsqueda; pero siempre plasmando sus imágenes con soltura, definición y la precisión de un consagrado”.
Entre los años ‘90 y 2000, encuentra los colores que tanto buscó, su paleta definitiva. Descompone los cielos en los matices de la tarde mendocina y los Cerros Plata y Tupungato se convierten en una silueta, transformándose en un fuerte valor simbólico. Y es así como surgen sus ocres, amarillos, naranjas cálidos y profundos, los colores de la tierra, los colores de la tarde mendocina. Éstos eran los que estaban en su mente y en su alma y hoy están en sus telas.
Esta vendimia figurativa, se moderniza con síntesis. Corta las figuras y hace protagonista a elementos secundarios, hasta el momento, como son la chupalla, el pañuelo, tijeras, uvas y tachos. Otra vez sorprende, porque para él la vendimia es inagotable. Es una fiesta, un tributo al trabajo y a la alegría del deber cumplido. Un homenaje al hombre y a la mujer, única mediadora entre la familia y la sociedad.