
Los sentidos como el gusto y el olfato son herramientas que todo el mundo posee para poder saborear un vino. Es muy fácil aprender a valorar la riqueza de este producto que se adecua a una gran variedad de consumidores que tienen gustos y preferencias definidas.
Que el vino se relaciona con el placer de los sentidos pareciera algo así como una verdad de Perogrullo. Sin embargo, encontrar las pistas para desmadejar el ovillo de este producto casi inabarcable y exquisito se convierte en la mejor manera para comenzar a comprobar aquella certeza que para muchos ya es incuestionable pero que, para otros, se presenta como el punto de inicio de un camino plagado de gratificaciones en el que, por fortuna, no existe un final propiamente dicho. Sucede que el vino también connota sorpresa y reinvención constante debido a las características propias de su composición.
“El vino es algo con tanta riqueza que todos los años es un desafío diferente debido a que se trata de un fruto que se expresa”, define Adriana De la Motta, doctora en Biología. La diferencia entre elaborar el vino y producir una bebida cualquiera es que para el primero no existen dos años iguales aunque las etiquetas digan que –con excepción de la cosecha- el resto prácticamente no se ha alterado. El clima, la cantidad de precipitaciones, los cambios a nivel ecológico que se puedan suscitar entre una temporada y la siguiente marcan pequeñas diferencias –enriqueciéndolo- esta bebida en general.
El hecho de que uno de los productos característicos del país nunca termine de sorprender, ni siquiera, a los que poseen vasta experiencia en lo que a su degustación y estudio refiere se convierte en una razón de suficiente peso para –al menos por curiosidad- adentrarse en un mundo de colores, sensualidad y aromas que, inequívocamente, redundan en lo placentero de la vida. El plus inseparable se encuentra en tomar una bebida saludable que tiene como base la naturaleza, el suelo y el clima que la comienzan a formar desde el fruto mismo.
Derribando mitos
Probar un sorbo de vino puede implicar, a veces, revivir olores, sabores y recuerdos que ciertos aromas traen. Así, hay quienes paladean la vainilla y recuerdan los biscochuelos de la abuela o los que perciben el parentesco de la uva con otras frutas y enseguida se trasladan a alguna finca por la que han podido vagar.
Si bien nunca se termina de aprender acerca de los secretos del vino, sí existen claves para valorar y apreciar el sabor de esta mágica bebida. “Una forma de valorar es saber”, dicen los expertos.
La buena noticia es que todo el mundo viene con el equipamiento incorporado para lograrlo. Se trata, ni más ni menos, que de los sentidos entre los que el gusto y el olfato se destacan como los principales. El tacto se desarrolla con los componentes de la boca mientras que la vista se convierte en el primer contacto con la bebida. Con esta afirmación, entonces, comienza a derrumbarse el primer mito respecto del mundo del vino ya que, en líneas generales, no está restringido a nadie.
Ahora se habla de dos formas de relacionarse con el vino. Por un lado, quienes lo toman todos los días de manera moderada como una especie de hábito saludable y, por el otro, los que lo beben en ciertas ocasiones que definen como especiales o distinguidas pero que tienen como base común un ambiente relajado y amable que favorece la degustación. Es preciso, no obstante, lograr adecuar el consumo al gusto de cada uno. “No es verdad que el vino esté destinado a las personas mayores o más experimentadas”, afirma Martín Mantegini, un sommelier mendocino dedicado a la cata de vinos. Para el joven, en Argentina existe una gran gama y variedad de estilos que se adaptan a cualquier paladar y a todas las edades. Tintos, suaves, “corpulentos”, frizantes, dulces, rosados, blancos y la lista es larga. “En Argentina se comenzó a captar el mercado joven a través de los vinos frizantes o espumantes. Con el tiempo, eso derivó en la moda o costumbre de tomar vinos más modernos lo que implica un logro importante en el país”, comentó Mantegini.
Quienes no están familiarizados con el vino, una buena idea es relacionarlo con alguna bebida que sí se conoce y agrada. Por ejemplo, si se está acostumbrado a tomar cerveza es bueno buscar similitudes entre ambas. En este sentido, lo mejor es comenzar con vinos suaves, dulces y con poca gradación alcohólica. “De ligeros a concentrados. Esa es la mejor manera de comenzar a tomar vino”, opina el sommelier quien no duda en afirmar, como todos los entendidos, que la mejor manera de aprender a tomar vino es –justamente- tomándolo debido a que el paladar se modifica y enriquece con la práctica.
En este sentido, las actividades de cata y degustación de productos suelen ser útiles para que el consumidor logre refinar el paladar y encontrar lo que más le gusta dentro de su propio estilo y bolsillo. Con respecto a lo último, otro de los mitos en torno a la bebida de Baco está relacionado con su precio. Sucede que no siempre los más caros nos gustan más porque cada uno tiene una forma de sentir diferente por eso es el consumidor el que debe saber juzgar y evaluar lo que le interesa así como lo que quiere pagar por ello.
“No hay que sentirse mal cuando uno no percibe lo que la etiqueta nos indica ya que éstas son comerciales. No obstante, nos dan la primera información del producto que es el año, la variedad y –en general- si pasó por algún proceso con madera en su etapa de conservación”, indica Quini. La especialista coincide con De la Motta al asegurar que todos contamos con los sentidos para sacar nuestras propias conclusiones. Del mismo modo, opina que es bueno poseer alguna guía para que saber qué se puede encontrar en la bebida.
La uva es el origen
El carácter de los vinos viene dado por tres etapas diferentes. En primer lugar, por la materia prima, es decir por la uva y la variedad de la que se trata.
Aquí también influye la región donde crece esa variedad ya que no será igual un vino torrontés elaborado en La Rioja que uno hecho en Salta. En segunda instancia se encuentra el sabor que adquiere en su proceso de elaboración y que se relaciona con lo que los enólogos de las bodegas pretenden de un determinado vino. En tercera posición, aparecerá lo que llega al vino a través de su conservación. En este sentido, vale señalar que se percibirán aromas primarios relacionados con la uva y la fruta en líneas generales. Los aromas secundarios y terciarios devienen de los dos procesos después mencionados. “Un ejercicio interesante es cuando uno le pregunta a la gente a qué les recuerda el vino moscatel y enseguida responden que a la uva moscatel”, relata Quini. Por supuesto, no todos tienen la posibilidad de saber a qué sabe la uva malbec o cabernet ya que no son variedades que se vendan para el consumo. Sin embargo, lo importante es tener en cuenta esa relación primaria del vino con la uva para tener presente ese gusto.
Informe especial de Diana Chiani para Fondo Vitivinícola Mendoza. Parte I.