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  •  Compartimos con ustedes una nota de Damián Weizman, de diario Los Andes, que nos acerca al fenómeno del regreso del pinguino de vino a mesas de bares, restaurantes, y hogares argentinos. 

     Este pinguino no es K

     

     

     

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     En una entrevista con el Fondo Vitivinícola de Mendoza en Buenos Aires, el experto en comunicación del vino, presidente de Balzac Communications & Marketing y profesor universitario en Napa Valley, Paul Wagner, habló acerca del esfuerzo de los países productores por captar nuevos consumidores. 


     
     -Usted es un experto en comunicación del vino, a su entender, ¿qué opina de las campañas genéricas?
     -Creo que son muy interesantes. En California hicimos una campaña genérica para que la gente tuviera como opción el vino para todos los días. La frase utilizada era ¨Why are you saving it for?¨ (¨Para qué lo estás guardando?¨) En el sentido de que no hay que guardar una botella para una ocasión demasiado especial, sino que puede beberse todos los días. Los consumidores veían al vino como  bebida de ocasión pero no de todos los días. 
     Las bodegas en un principio se quejaron de este mensaje, porque decían que atentaba contra la idea de que sus vinos eran especiales. Pero resulta que esta campaña funcionó. Y ellas cambiaron de opinión. Llegaron a una solución que dejó a todos felices: la nueva campaña dice que el vino es ¨La manera de tener una fiesta todos los días¨. Una botella de vino hace una fiesta. La idea es también comunicar que el vino no es como otras bebidas que pueden hacerse en cualquier momento del año. El vino se trata de una cosecha determinada, de un lugar determinado, de unas uvas especiales. Es un producto que tiene más personalidad que cualquier otro. Es mucho más complejo y da placeres más completos.

     En España han discutido mucho sobre una campaña genérica para el mercado interno. Muchos países lo han hecho hacia su mercado externo, pero curiosamente no para su mercado interno. El problema que tienen en el Viejo Mundo es que los jóvenes dicen que el vino es la bebida de sus padres. En Navarra hicieron una campaña muy buena para decirle a su mercado interno que beba vino de la región. En la gráfica se ve a un joven con una copa. Y la leyenda dice ¨por una vez hay algo en lo que coincido con mi padre¨.  

     -¿Cómo se debe trabajar en las nuevas redes sociales para que sean realmente efectivas?
     -Todos podemos abrir una página de Facebook y luego abandonarla. O no saber usarla. Si bien no se puede medir la efectividad en ellas sí se pueden medir los amigos. Lo que yo diría es que prefiero pagar publicidad allí que en un periódico tradicional. Hay que crear comunidad y tener diálogo con los consumidores. 

     
     
     -¿De qué forma hablarle al consumidor que está preocupado por sus
    problemas financieros sobre el vino?
     -Tengo un ejemplo de una bodega en EEUU que realiza un concurso anual con la comida más popular de los americanos. Que es la hamburguesa. Para mí sería muy interesante cada año tener un concurso de la comida más popular argentina -el asado- acompañada por el vino. Es sólo un ejemplo.

     -¿Por qué camino debe ir entonces el mensaje?
     -Se debe disfrutar el vino como se disfruta de la música. Cuando a uno le gusta un tema nuevo de Eric Clapton la industria discográfica no te dice: ¨Ah, si tú estudiaras un poco más sabrías con qué armonía lo hizo y cómo combina los punteos en su guitarra para lograr ese ritmo¨. No te dice tampoco el modelo de guitarra que usa, ni el tipo de cuerdas. ¡Qué va! Te dice: ¨Es una canción muy buena, vamos a bailar¨. Con el vino cada vez se ha sofisticado más el mensaje. Eso está muy bien para los que ya toman vino. Pero para los consumidores, para la masa de consumidores, que tiene otras preocupaciones y el vino es una opción como cualquier otra cosa, no le prestan tanta atención, de milagro si recuerdan una o dos marcas, hay que hablarles de la manera más simple posible. Hay que poder decirles las cosas de una forma muy sencilla. No hay que hablarles a los enólogos, sino a los consumidores. 

     -A su entender, entonces, hay que desacralizar el mensaje del vino
     -Sí, pero también entender que tienes un mundo adentro de una botella, una maravilla. Aunque no debes ser sacerdote para disfrutarlo.
     
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    Los sentidos como el gusto y el olfato son herramientas que todo el mundo posee para poder saborear un vino. Es muy fácil aprender a valorar la riqueza de este producto que se adecua a una gran variedad de consumidores que tienen gustos y preferencias definidas.



     Que el vino se relaciona con el placer de los sentidos pareciera algo así como una verdad de Perogrullo. Sin embargo, encontrar las pistas para desmadejar el ovillo de este producto casi inabarcable y exquisito se convierte en la mejor manera para comenzar a comprobar aquella certeza que para muchos ya es incuestionable pero que, para otros, se presenta como el punto de inicio de un camino plagado de gratificaciones en el que, por fortuna, no existe un final propiamente dicho. Sucede que el vino también connota sorpresa y reinvención constante debido a las características propias de su composición.

     “El vino es algo con tanta riqueza que todos los años es un desafío diferente debido a que se trata de un fruto que se expresa”, define Adriana De la Motta, doctora en Biología. La diferencia entre elaborar el vino y producir una bebida cualquiera es que para el primero no existen dos años iguales aunque las etiquetas digan que –con excepción de la cosecha- el resto prácticamente no se ha alterado. El clima, la cantidad de precipitaciones, los cambios a nivel ecológico que se puedan suscitar entre una temporada y la siguiente marcan pequeñas diferencias –enriqueciéndolo- esta bebida en general.
     El hecho de que uno de los productos característicos del país nunca termine de sorprender, ni siquiera, a los que poseen vasta experiencia en lo que a su degustación y estudio refiere se convierte en una razón de suficiente peso para –al menos por curiosidad- adentrarse en un mundo de colores, sensualidad y aromas que, inequívocamente, redundan en lo placentero de la vida. El plus inseparable se encuentra en tomar una bebida saludable que tiene como base la naturaleza, el suelo y el clima que la comienzan a formar desde el fruto mismo. 

     Derribando mitos
     Probar un sorbo de vino puede implicar, a veces, revivir olores, sabores y recuerdos que ciertos aromas traen.  Así, hay quienes paladean la vainilla y recuerdan los biscochuelos de la abuela o los que perciben el parentesco de la uva con otras frutas y enseguida se trasladan a alguna finca por la que han podido vagar.
    Si bien nunca se termina de aprender acerca de los secretos del vino, sí existen claves para valorar y apreciar el sabor de esta mágica bebida. “Una forma de valorar es saber”, dicen los expertos.
     
     La buena noticia es que todo el mundo viene con el equipamiento incorporado para lograrlo. Se trata, ni más ni menos, que de los sentidos entre los que el gusto y el olfato se destacan como los principales. El tacto se desarrolla con los componentes de la boca mientras que la vista se convierte en el primer contacto con la bebida. Con esta afirmación, entonces, comienza a derrumbarse el primer mito respecto del mundo del vino ya que, en líneas generales, no está restringido a nadie.  
     Ahora se habla de dos formas de relacionarse con el vino. Por un lado, quienes lo toman todos los días de manera moderada como una especie de hábito saludable y, por el otro, los que lo beben en ciertas ocasiones que definen como especiales o distinguidas pero que tienen como base común un ambiente relajado y amable que favorece la degustación. Es preciso, no obstante, lograr adecuar el consumo al gusto de cada uno. “No es verdad que el vino esté destinado a las personas mayores o más experimentadas”, afirma Martín Mantegini, un sommelier mendocino dedicado a la cata de vinos. Para el joven, en Argentina existe una gran gama y variedad de estilos que se adaptan a cualquier paladar y a todas las edades. Tintos, suaves, “corpulentos”, frizantes, dulces, rosados, blancos y la lista es larga. “En Argentina se comenzó a captar el mercado joven a través de los vinos frizantes o espumantes. Con el tiempo, eso derivó en la moda o costumbre de tomar vinos más modernos lo que implica un logro importante en el país”, comentó Mantegini.

     Quienes no están familiarizados con el vino, una buena idea es relacionarlo con alguna bebida que sí se conoce y agrada. Por ejemplo, si se está acostumbrado a tomar cerveza es bueno buscar similitudes entre ambas. En este sentido, lo mejor es comenzar con vinos suaves, dulces y con poca gradación alcohólica. “De ligeros a concentrados. Esa es la mejor manera de comenzar a tomar vino”, opina el sommelier quien no duda en afirmar, como todos los entendidos, que la mejor manera de aprender a tomar vino es –justamente- tomándolo debido a que el paladar se modifica y enriquece con la práctica. 
     
     En este sentido, las actividades de cata y degustación de productos suelen ser útiles para que el consumidor logre refinar el paladar y encontrar lo que más le gusta dentro de su propio estilo y bolsillo. Con respecto a lo último, otro de los mitos en torno a la bebida de Baco está relacionado con su precio. Sucede que no siempre los más caros nos gustan más porque cada uno tiene una forma de sentir diferente por eso es el consumidor el que debe saber juzgar y evaluar lo que le interesa así como lo que quiere pagar por ello. 
    “No hay que sentirse mal cuando uno no percibe lo que la etiqueta nos indica ya que éstas son comerciales. No obstante, nos dan la primera información del producto que es el año, la variedad y –en general- si pasó por algún proceso con madera en su etapa de conservación”, indica Quini. La especialista coincide con De la Motta al asegurar que todos contamos con los sentidos para sacar nuestras propias conclusiones. Del mismo modo, opina que es bueno poseer alguna guía para que saber qué se puede encontrar en la bebida. 

     La uva es el origen
     El carácter de los vinos viene dado por tres etapas diferentes. En primer lugar, por la materia prima, es decir por la uva y la variedad de la que se trata. 
     Aquí también influye la región donde crece esa variedad ya que no será igual un vino torrontés elaborado en La Rioja que uno hecho en Salta. En segunda instancia se encuentra el sabor que adquiere en su proceso de elaboración y que se relaciona con lo que los enólogos de las bodegas pretenden de un determinado vino.  En tercera posición, aparecerá lo que llega al vino a través de su conservación. En este sentido, vale señalar que se percibirán aromas primarios relacionados con la uva y la fruta en líneas generales. Los aromas secundarios y terciarios devienen de los dos procesos después mencionados. “Un ejercicio interesante es cuando uno le pregunta a la gente a qué les recuerda el vino moscatel y enseguida responden que a la uva moscatel”, relata Quini. Por supuesto, no todos tienen la posibilidad de saber a qué sabe la uva malbec o cabernet ya que no son variedades que se vendan para el consumo. Sin embargo, lo importante es tener en cuenta esa relación primaria del vino con la uva para tener presente ese gusto.
     
    Informe especial de Diana Chiani para Fondo Vitivinícola Mendoza. Parte I.
     
     

     

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    Fruto de una sinfonía entre la naturaleza y el saber de algunos hombres, el vino es un producto noble que, al igual que todas las materias vivientes, está sometido al ciclo del tiempo. El año de cosecha indica el año de su nacimiento. Primero es joven, luego se vuelve adulto, alcanza la madurez, y sigue hasta declinar y morir. 


     Principalmente son cuatro sentidos los que participan en la degustación: la vista, el olfato, el gusto y el tacto. También el oido tiene su protagonismo.

     El Placer de los ojos
     En una copa incolora, indispensable para apreciar los distintos matices del vino, examinamos en primer lugar su color y aspecto. Se ve brillante, resplandeciente o por el contrario, mate o velado.
     El color de los vinos tintos cambia con el pasar de los años de un rojo violáceo hacia tonos púrpuras, rubí, bermellón, y que a su vez se vuelven ambarinos y finalmente atejados.
     Los vinos blancos pueden ser de color amarillo muy pálido o más sostenido, matiz limón, reflejos dorados, o casi verdes. Al envejecer, estos vinos de larga guarda son de color oro viejo o cobrizo.
     Al girarlo lentamente en la copa, el vino deja en las paredes, lágrimas que afirman la presencia de glicerol (un constituyente natural) que ofrece untuosidad y redondez.
     En una copa flauta de espumante, los ojos se regocijan y brillan ante los millones de finas burbujas que se desprenden o forman un collar de perlas sobre el nivel del líquido: el seductor perlage.

     Aromas y bouquet
      Un vino se descubre primero por sus aromas, florales o frutales en función de los perfumes dominantes. En los blancos encontramos ananá, manzana, membrillo, mango, pomelo rosado en el caso de los Sauvignon, y el olor a pan tostado y miel en los Chardonay mas maduros. Los tintos, a veces florales, son habitualmente frutados: bayas rojas o negras caracterizan la juventud.
      El paso sereno por barricas de roble, le otorga sabores complejos como vainilla, caramelo, coco , regaliz, ahumados y especiados.
      La crianza en botella funde, con el tiempo, los sabores frutales y madera transformándose luego en “bouquet”, el encanto de los vinos maduros en los cuales uno encuentra notables aromas a nueces, tabaco, trufas, de cuero y de caza.
      Para descubrir todas estas sensaciones , la copa debe ser ligeramente cerrada en su diámetro superior como una flor de tulipan.

     Las revelaciones del gusto
      La estructura: el vino se califica de caliente o se dice que quema cuando es muy alcohólico. La acidéz y los taninos conforman el nervio, el cuerpo, que puede ser liviano, caso frecuente de los tintos muy jóvenes, o amplio, rico, sólido, generoso, típica de las grandes añadas o de los vinos muy maduros. La duración en boca significa la persistencia gustativa en las papilas. El sentido del tacto registra la armonía y el buen paso del vino por la boca. Los vinos que conviene beber mientras jóvenes, son ligeramente ácidos, frescos, livianos, vivos y nerviosos. Los vinos de guarda se califican de duros, astringentes en los primeros años, para luego ablandarse y dar entonces lo mejor de sí mismos.
      La fineza y la agradabilidad de un buen vino es la sumatoria de las sensaciones que percibe cada uno de los sentidos.

     El sentido del oído tambien es protagonista
      En el mundo de los gourmet no videntes, la fina sensibilidad del oído les permite distinguir si el vino que le sirven en la copa es blanco o tinto, por la intensidad del golpe en el cristal cuando lo sirven. Con el oído, también aprendemos los secretos de la degustación.
      El sonido del destape de una botella, nos permite distinguir la calidad de tapado, en vinos tranquilos o espumosos.
      Pero lo mas excitante del oído, es sentir el golpe de cristales y el deseo de salud, en el brindis inicial. Acto sublime que nos predispone a disfrutar mejor de esta bebiba milenaria. En el brindis radican los efectos saludables de un consumo inteligente de vinos.
      La mejor degustación debe hacerse en silencio. Gran degustador es aquél que define al vino en la segunda copa, y no antes. 
     
    Lic. en Enología Ángel Mendoza

    Bodega Domaine St. Diego

    Lunlunta, Maipú. Mendoza.
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    El estudio demostró que los jóvenes entre 28 y 32 años son los más familiarizados con el vino. Los más jóvenes, un nicho para explotar y seducir

     


     El mercado de las bebidas es cada vez más competitivo, no sólo en la Argentina sino en todo el mundo. Por eso, conocer las tendencias y el probable comportamiento futuro de los consumidores son herramientas valiosas a la hora de armar estrategias y proyectar negocios. 

     Becarios investigadores de la Facultad de Ciencias Agrarias, de la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza), realizaron una encuesta entre jóvenes de entre 18 y 32 años, con el objetivo de conocer los hábitos en el consumo de bebidas, fundamentalmente vinos, e identificar preferencias según edades y tendencias de cara a los próximos años; siempre teniendo en cuenta que los jóvenes de hoy pueden ser los consumidores del mañana.

     La encuesta, que abarcó 251 casos de la provincia de Mendoza, arroja datos  interesantes: cerca del 93% de los consultados dijo consumir vino y casi la mitad de los jóvenes que se ubican en el estrato de edades más bajas (entre 18 y 22 años) aseguró que se acercarían más al vino si pudieran conocer más de la bebida. El dato es, al menos, curioso puesto que este segmento etario es el que dice consumir preferentemente cervezas o bebidas gaseosas.

     Otro dato llamativo es que entre quienes dicen no consumir vino, cerca de un 30% (casi un tercio de los consultados) asegura que no lo hacen porque no “entienden” o no “conocen”, lo que indica que la comunicación y la promoción pueden ser factores clave a la hora de acercar la bebida al público más joven.

     En este sentido, la Campaña “Vino Argentino. Un Buen Vino”, está enfocada a sensibilizar en forma transversal a los nuevos públicos, entre ellos el de los jóvenes. Esta campaña forma parte del Plan Estratégico Argentina Vitivinícola 2020 cuyo objetivo es posicionar la bebida en forma genérica (sin distinción de marcas) y a través de un plan de comunicación masiva, en todas las mesas argentinas, sin distinción de nivel cultural o socio-económico.

     Conocimiento
     A lo largo del estudio -realizado por los investigadores mendocinos Josefina Grünwaldt, Mariano Fiorentino y Silvia Paladino– se advierte que a mayor edad, hay mayor interrelación con el vino. Esto explica –de alguna manera– que el segmento de los 28 a 32 tenga una mayor predisposición a su consumo, ya sea porque tiene el hábito o está dispuesto a beberlo con cierta cotidianeidad.

     En este último aspecto, la encuesta sostiene que cerca del 93% de los consultados dijo consumir vino, aunque con mayor incidencia entre los que están cerca de los 30 años o más. Entre los no consumidores de vino y según el estrato etario, las bebidas preferidas son la cerveza, el fernet con cola y las aguas gaseosas.

     Preferencias
     Si se enfoca el análisis desde el punto de vista de la preferencia, también hay diferencias según el rango de edad. Por ejemplo, los que tienen entre 18 y 22 años prefieren la cerveza (47,5%) y lo mismo ocurre entre queines tienen entre 23 y 27 años (50%).

     Sin embargo, el vino es la bebida favorita entre quienes tienen entre 28 y 32 años (59,1%), lo que también marca un incremento considerable respecto del porcentaje de adhesión. En tanto, entre lo no tomadores de vino, de entre 23 y 27 años, la bebida preferida es el fernet con cola.

     El 82,3% de los encuestados dijo que bebe vino en ocasiones especiales, aunque hay diferencias respecto de las ocasiones de la ingesta según la edad. El segmento 18-22 años lo hace en bares y discotecas (sobretodo espumantes y frizantes), el de 23 a 27 años lo incluye con mayor asiduidad (especialmente en las comidas y los fines de semana); al igual que el estrato 28-32 años.

     Plan de seducción
     El estudio también indaga sobre las acciones que serían necesarias para acercar el vino a los jóvenes. Y, en esta línea, las propuestas de los encuestados son variadas: “ofrecer vinos de calidad a precios accesibles” (58,2%), “acercar cursos de degustación” (50,4%) y “eventos de cata” (45,7%), “dirigir acciones de comunicación hacia los jóvenes” (39,2%) e “informar sobre los beneficios de la bebida para la salud (25,9%)”, entre otras.

     Con todo, hasta hace unos años los jóvenes parecían un eslabón perdido para la industria vitivinícola argentina. No obstante, con nuevos productos, desarrollo, innovación y fundamentalmente comunicación estratégica, la bebida parece posicionarse en la mente y el paladar de los jóvenes, sin dudas los nuevos consumidores.
     
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